Tras largos años de oscuridad, incertidumbre y tristeza, el condado de Benavente se vestía de gala para celebrar el nacimiento del pequeño caballero David, hijo de los Condes de Pimentel, señores de la villa. El pueblo festejaba con gran alborozo este evento, ya que los condes eran señores muy ancianos, y llevaban esperando un heredero para el condado desde hacía muchos años. El niño David sería un apuesto caballero, de gran porte y nobleza, con cabellos rizados del color del bronce, y cuya bravura y valentía cruzaría los confines del condado.
Paradojas En Las Hojas
Un Mundo de Creatividad y Fantasía en un Universo Muy Particular
viernes, 31 de mayo de 2013
Colega, ¿dónde está mi dragón?
Tras largos años de oscuridad, incertidumbre y tristeza, el condado de Benavente se vestía de gala para celebrar el nacimiento del pequeño caballero David, hijo de los Condes de Pimentel, señores de la villa. El pueblo festejaba con gran alborozo este evento, ya que los condes eran señores muy ancianos, y llevaban esperando un heredero para el condado desde hacía muchos años. El niño David sería un apuesto caballero, de gran porte y nobleza, con cabellos rizados del color del bronce, y cuya bravura y valentía cruzaría los confines del condado.
sábado, 22 de diciembre de 2012
Estación en Curva

Metro de Madrid Informa
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El largo adiós
lunes, 2 de enero de 2012
Cena de Navidad con Sorpresa

Marta estaba en un estado histérico, y le gritaba a todos y a todo lo que se encontraba a su paso. Debía estar todo perfecto para esta noche tan especial. Celebraban por tercera vez consecutiva la cena de Nochebuena. La primera vez fue lógicamente el 24 de diciembre. El 25 por la noche cenaron las sobras de la cena del 24, que ya estaban ligeramente rancias, junto con las sobras de la comida de navidad. Y hoy día 26, Marta invitó a un amigo muy especial a cenar, aún siendo consciente de que su familia era demencial, a cada cual peor.
- Abuela, súbase las bragas!!, Rodrigo, ven ayudarme a la cocina, que se me va la sopa!!, Rocío, pon bien las faldillas que están todas arrugás, y quita ese mantel, que está lleno de mierda!
- Pero si acabo de sacarlo de la lavadora, Marta…
- ¡Pero si tiene más manchas que el dálmata! Anda, plánchalo y dale la vuelta. ¡Niño, pero no puedes parar de correr un poco? ¿Se puede saber qué hace este niño con mi maquinilla de depilarme? Rodrigo, ¿no puedes controlar a tu hijo? ¡Pero ahora no, primero atiende la sopa!
El niño siguió pululando por el angosto salón, lleno de sillas y trastos, gritando, y como es normal en un niño de 5 años hiperactivo, dando guerra.
- ¿Pero se puede saber quién viene esta noche, hija? – Preguntó la abuela.
- Abuela, que soy su nieta, no su hija. Viene mi cibernovio a cenar.
- Ahh – respondió la abuela queriendo comprender qué le había dicho su hija, la que decía que no era su hija, sino su nieta.
Rodrigo se quedó contemplando el cuerpo de la media docena de cigalas que había comprado para arreglar la sopa de marisco de la cena de esta noche, y deseó ser una cigala. Rodrigo siempre deseaba cosas imposibles, y como tampoco tenía muy clara su identidad sexual, decidió cantarles a los crustáceos emulando al Cigala.
- ¡Rodrigo, la sopa! – le increpó Marta - ¿Pero se puede saber dónde tienes la cabeza? – gritó mientras le quitaba los bichos rosados de las manos y los echaba en los restos de la sopa de Navidad.
- Estaba en mi concierto – respondió Rodrigo anonadado – Y has matado a mi público. Les has cocido – gritó mientras esbozaba unos sollozos de dolor profundo.
La abuela se levantó y colocó las sillas en el salón, apartando la silla coja, dejándola a un lado. El niño se había encerrado en una habitación y en mitad de su lucidez intelectual, se pasó largo rato eructando diversas palabras, y notas musicales de extraño gusto.
- ¿A qué hora viene tu novio? – preguntó Rocío, mientras terminaba de colocar los platos sobre el mantel recién planchado.
- ¡En 10 minutos, así que daros prisa! ¡Abuela, las bragas! ¡Niño, so guarro, para ya la serenata! Y tú, Rodrigo, ¿no puedes controlar a tu hijo?
- ¿Pero conoces de algo a tu chico? – Le volvió a preguntar Rocío.
- ¡De follar con él por Internet! – respondió de forma maleducada y elevando la voz!
- ¿De qué hija? – preguntó la abuela, ajustándose el sonotone, creyendo que no había entendido bien lo que había entendido tan nítidamente.
- ¡De volar en el tren, abuela, de volar en el tren! – le respondió más resignadamente – Abuela, cuídese ese Alzheimer.
- No, hija…., si ese era un novio alemán que tuve en la postguerra. Luego me casé con tu padre.
Marta se quedó pensando en la aberración que había dicho su abuela. Según ella se había casado con su padre, es decir, con su propio hijo. Vio mentalmente el incesto, y se llevó la mano a la cara, para no desesperarse más.
- Niño, ¿te puedes parar un poco? – le volvió a gritar mientras le daba una colleja, y el niño se adentraba en la cocina, y volvía a salir corriendo.
De pronto sonó el timbre del portero automático. Todo se quedó en silencio, y los 5 quedaron petrificados. 3 segundos, 3 interminables segundos, que acabaron con otro toque en el telefonillo. Nadie se movió, hasta que otro ruido familiarmente conocido les hizo reaccionar. La abuela había soltado uno de sus nauseabundos pedos. Es la reacción lógica por comer tanto puré de verdura.
- ¡Abuela, las bragas! ¡Niño, estate quieto! ¡Rodrigo, pon los villancicos! ¡Rocío, el ambientador, o mejor el desodorante, joder con la abuela! ¡Abuela, pero qué hace con las bragas!
El frenesí colectivo se contagió hasta al niño, que se puso a colocar los cubiertos, mientras Marta se recomponía su vestido y su postura para contestar al telefonillo.
- ¿Siii? – Dijo con un tono calmado y melodioso, mientras observaba por el rabillo del ojo con recelo a su familia.
Tras su respuesta un ruido infernal salió del auricular, ensordeciendo a quien había llamado.
- ¡Jesús! ¡Qué ruido! – se oyó desde el otro lado del telefonillo.
- ¡Jesús! ¡Qué sorpresa! – exclamó Marta fingiendo sorpresa - ¡Has venido antes de lo que esperábamos! Sube, sube – dijo, colgando el aparato.
- ¡¡Rápidoooo, un minuto, y Jesús está arriba! ¡Todos en sus puestos!
- ¿Quién es Jesús, hija? – preguntó la abuela mientras se sentaba en su butaca.
- ¡Abuela, las bragas! – ¡Mi cibernovio, coño!
- ¿En qué quedamos, Jesús o Toño? – respondió la abuela enfurruñándose.
El tan ansiado comensal llegó hasta la puerta, algo ofuscado por subir 7 plantas sin ascensor. Marta le recibió con un beso, algo extrañada, pues no era exactamente como se había descrito por Internet. Parecía algo más calvo, y nunca le había comentado que usara gafas de miope.
- ¡Jesús! ¡Qué escaleras! – ¿Podrían ofrecerme un vaso de agua, por favor?
- Pero hombre, no seas tan formalista, que hablamos hace un año, le respondió con una risa fingida al hombre – Ven, Jesús, que te presento a mi familia y enseguida cenamos
- Pero es que yo no…
- ¡Que no seas tímido! – Le interrumpió ella - ¡Oh! Muchas gracias – le dijo arrebatándole un libro que llevaba entre las manos, y dejándolo abandonado encima de una cómoda – No tenías que haberme traído nada.
Y después de hacer formalmente todas las presentaciones, se colocaron para cenar en la mesa.
- Jesús, tú siéntate a mi lado, le dijo, acercando la silla que la abuela, tan presta, se había encargado de alejar.
Marta retiró la sopa de marisco del fuego y la acercó a la mesa. Comenzó a servir en los platos de los comensales, y de manera muy digna repartió una cigala en cada plato. Los villancicos sonaban en una melodía armoniosa, al fondo de la habitación. El niño no le quitaba ojo al extraño, y Rodrigo seguía inmerso en su concierto.
Marta se sentó, y empezaron a sorber la sopa. El desconocido no abría la boca, y se sentía cohibido al lado de Marta. La habitación comenzó a tomar un cierto olor a herrumbre, a algo quemado. Marta no le quitaba ojo al extraño, pero no le miraba enamorada, sino más bien extrañada.
De pronto se hizo un nuevo silencio. Los villancicos habían parado, y ya nadie sorbía la sopa. El siguiente sonido fue una ventosidad de la abuela, que se había quedado traspuesta en el sofá.
- ¡Abuela, las….! – Marta se cortó antes de acabar la frase.
La minicadena continuó con la reproducción de los villancicos, pero los de la nueva versión que el niño había grabado esa tarde. Noche de paz, noche de amor a ritmo de eructos. El extraño se ruborizó en extremo.
- ¡Niño, te puedes…! – Pero Marta tampoco pudo terminar la frase. De pronto vio horrorizada por qué su cibernovio no había aún probado la sopa. En vez de una cigala le había servido una maquinilla de depilar rosa, y ahí flotaba, en mitad del plato, liberando restos de vello púbico.
- ¡Ahhhhhh! – Gritó desesperadamente, mientras el extraño se encogía aún más, el Cigala salía de su concierto, el niño desaparecía de la escena, Rocío les ignoraba a todos y seguía sorbiendo la sopa y la abuela lanzó una nueva emisión de gas a la atmósfera.
Tres fuertes golpes sonaron tras una puerta, que acabó abriéndose. Salió un perro dálmata del tamaño de un caballo, y sin que nadie lo evitara, acabó bajo las faldillas, acercándose peligrosamente al brasero, soltando babas por doquier.
En ese momento un sms llegó al teléfono de Marta.
- Llegaré más tarde, no me esperéis a cenar. Remitente: Jesús Cachas Cibernovio.
Marta alzó la mirada contra el puto calvo con gafas de culo de vaso que se había sentado a su lado, y sin controlar el timbre de su voz gritó:
- ¡Pero se puede saber quien coño eres tú, inmundicia de mierda!
- Yo soy testigo de Jehová, señorita – Le respondió sin mirarla directamente a los ojos – Yo veía a leerles el nuevo testamento.
- ¿Quéééééé? ¡Me cago en Dios y en
Al hombre le entraron los 7 males, y raudo se levantó de la mesa, despidiéndose lo más educadamente que pudo de la familia. La única respuesta que obtuvo fue una nueva ventosidad de la abuela, y un adiós, dicho con eructo, del niño.
El perro salió de debajo de las faldillas, con las bragas de la abuela incendiadas en la boca, y las soltó a los pies del testigo de Jehová, mientras escapaba a su cuarto con el rabo entre las piernas, ahogando el sentido del olfato del sujeto, y apenas moribundo y nauseabundo por el aroma, acertó a decir:
- ¿Me devuelve mi Evangelio, señorita?
- ¡Me cago en Dios y en
Marta cerró la puerta con un portazo, tomó aire para enfrentarse a su familia, y se plantó en mitad del salón, sofocando las bragas incendiadas, mientras observaba a cada uno de ellos, pensando qué tendría que gritarles en esta ocasión.
La abuela, adormilada en su sofá, se tiró otro pedo.
viernes, 30 de diciembre de 2011
Recuerdos

jueves, 11 de agosto de 2011
Por una Taza de Té

Cuando mi mente se pone a trabajar en los recuerdos, se evocan situaciones que ni siquiera he vivido, pero algunas son tan impactantes que son imposibles de olvidar.
O así lo pensaba ella.
- Sabes que no - respondió él fríamente - Yo sólo tomo cacao y té.
Julián acabó rápidamente su taza de té, y respondió cansinamente:
Su último deseo fue una taza de té.
sábado, 11 de junio de 2011
Miradas...
Mónica Naranjo sí que no es.
¡Callaos malditas! ¡No me dejáis escuchar!
Sí, yo soy tres personas, pero no soy la Santísima Trinidad.
Tampoco quiero serlo.
Lo peor no es el tumulto o las erratas de los libros de texto, que son los objetos más ignorantes que existen. Tienen todo el saber en ellos y no se abren para leerse entre ellos. Lo peor de toda multitud que me rodea son sus miradas...
¿Por qué sin embargo a ellas dos no les hacen nada?
¿Por qué a ellas no las ven y a mí sí?
No.
Estoy equivocado.
Lo que ellos ven no es a mí, es a nuestro cuerpo.
Y digo nuestro porque ya es tan mío como suyo.
Quizá ya sea más de ellas.
¡No! ¡Me niego! Es mi cuerpo, no el vuestro.
Me han vuelto a ganar. Ellas son dos.
Sin embargo ellos sólo ven el cuerpo. No nos ven a ninguno de los tres.
Mejor así.
No. En realidad es peor, porque ellos me miran, y sus miradas no adivinan, sólo violan mi intimidad, y la de ellas dos.
Pero a esas personas que nos miran también las miramos nosotros.
¡Qué miedo me da adivinar aquello que están pensando sobre mí!
¡Qué miedo me da que adivinen lo que nosotros pensamos de ellos!
¡No! Tampoco es una buena idea. Si por error me doy a mí mismo les dejaría a ellas adueñarse de mi cuerpo completamente.
¡Qué tonterías digo! Si ya casi se han apoderado de mí. Ya no debería preocuparme de mi cuerpo.
Pero no todos.
A lo lejos, al final de esta cuesta que estoy subiendo, (si fuera un cangrejo la estaría bajando), se acercan dos personas, una por cada acera.
Por la derecha se acerca un hombre joven, mirando al suelo.
Por la izquierda, por la misma acera que yo se acerca una chica muy guapa. Para ella es la acera derecha por la que ella va. Realmente es contradictorio que dos personas vayan por la misma acera y para uno sea derecha y para otro izquierda. Seguro que la culpa es del gobierno. Desvía la mirada para todos los lados menos hacia mí. Yo he hecho lo mismo. Creo que la conozco.
El hombre sigue bajando. Anda más pavoneado, más chulo. No sé si quiere hacerse el duro delante de mí. Por si acaso yo voy a hacer lo mismo que él. A lo mejor es la moda.
Ya estoy muy cerca de ella. Hemos bajado la mirada. Se acerca y me ha mirado fugazmente. Lo sé porque yo he hecho lo mismo. Me vuelve a mirar. Pasa por mi lado y me mira de reojo, tímida. En su cara he visto dibujada una sonrisa.
¿Y el otro? Se ha ido por la otra acera sin darme cuenta ¡Podías saludar, ¿no?! – le he gritado.
Se han dado la vuelta los dos. Él me mira con cara de asesino, y pronto vuelve la cara. Pero ella se ha parado e intenta identificarme. Cree que se lo he dicho a ella.
¡Qué lista es! Es a ella a quien realmente quería saludar. Me mira con ojos interrogantes. Me está explorando.
Me doy la vuelta y todo se ha acabado. Esos dos nunca existieron.
No sé lo que soy. Ya te dije que no era Dios.
Sois estúpidas. ¿Por qué no me dejáis pensar tranquilo? Sois dos plastas. ¡Estáis locas!
Mucha gente pasea por ella. Se divierten dando vueltas a la Plaza. Ahí hay una señora que parece haber estado toda la mañana por allí rodando. Creo que cree que es un huevo lleno de potencial femenino.
¡No!
Es un profesor el que me mira.
¡No!
Era una escuela. Y el profesor le preguntó al niño ¿Quién mató a Abel?
Y el niño le respondió Eso quisiera yo... sabel.
Total, que el maestro fue a hablar con el director, yo que no sé imitarlo..., y le dijo: ¡Ahí hay un niño que dice que no es el hijo de Moisés!
Y el director le respondió: ¡A mí me lo vas a decir, si yo soy Nefertiti!
¿Por qué todos me miran sin mirarme?
¡Dejad de mirarme! Mis otras dos personas me están haciendo bailar.
¡Mentira!
Es el escudo de la bandera española el que me desprecia desde el suelo.
Nadie me comprende.
Todos son niños ignorantes que miran extrañados y gordas que echan veinte duros por compasión.
¡Más les valdría tirarlo a una fuente y pedir un deseo!
Recuerdo que una vez fui pobre.
¿Queréis dejar de moverme? Yo no soy ninguna marioneta, soy algo, ¿pero el qué?
¡No soy tan sólo un paranoico!
- ¡Mamá, zumo!
(Le da un guantazo)
- ¡Pues toma, por zumar!
- ¡Mamá, pis!
- ¡Calla cabrón, que ya te has bebido tres orinales!
- ¡Mamá, pan!
Y la mató.
¡Qué extraño!
¡El camión de la basura!
¡Locura!
¡Nuestra vida es un asco!
Me ha caído una gota. Está lloviendo. ¿Es Otoño?
¡No! Es que me ha defecado una paloma.
Esa niña me la roba y le quita el tul...
Quizás después sea feliz.
Quizás soy feliz ahora.
¡Es la pregunta de Coco!
Allí hay un policía. Le voy a decir lo que pienso.
No entiendo muy bien la vida, ¿pero no debería ser yo el que manejase a mis piernas y a mis brazos? Entonces, ¿por qué yo no las controlo? ¡Son ellas las que me dominan!
Ahora entiendo.
¿Por qué le he hurtado a ese poli su arma? Me mira asustado, pero más miedo tengo yo...
Alguien grita. ¡Todos gritan! Tengo miedo, y ellos me apuntan con sus miradas.
¡No me miréis más!
El arma está entre mis manos. Es negra. Mis manos están dominadas, no por mí.
¿Habrán conseguido saber mis...? ¡Manos, ¿por qué me apuntáis con ella a la cara?!
¡¡Malditas ¡¡¡NOOOO!!!
viernes, 11 de marzo de 2011
¿Quién Pone Las Reglas?

Los días de los preparativos habían sido muy duros. Ocultar los pasos que daban ante la familia, las faltas a clase en el instituto, y las ausencias en el centro de menores donde 4 de ellas cumplían condena preventiva no fueron fácilmente solapados.
Afortunadamente contaban con una serie de partes médicos, y un sello que Dragostea había robado en un descuido de la enfermera unos meses antes, cuando le diagnosticaron el Principio de Alzheimer. Antes de que la enfermedad la corrompiera a tan temprana edad, más de lo que de por sí ya estaba, decidió compartir sus últimos momentos de lucidez con sus amigas más cercanas, las que había conocido en el correccional de menores, donde estuvo secuestrada 4 meses de su vida.
Compraron unas botellas de ron, whisky y chupitos en un 24 horas próximo al domicilio de Belén, sin que ésta apareciera por la tienda, lógicamente, pues ya la había atracado tres veces. La anciana que regentaba la tienda se había armado con un puñal, y era seriamente peligrosa, pues su vista degenerada le jugaba malas pasadas, hasta el punto de haber apuñalado a un saco de patatas al confimdirlo con un ladrón.
Aquella noche se fueron al monte armadas con sus botellas, una tienda de campaña, sacos de dormir, y su valor, que no era menos importante. Además Elena no resistió la tentación de llevarse una navaja suiza atada a su tanguita rojo. Por el contrario Mari José, a la que el mundo conocía como Mariajo, y últimamente como Ajopringue debido al olor de su aliento, lo que se llevó dentro de una de las copas de su sostén fue un crucifijo. El cristo, por supuesto, se había desclavado una mano y se la había llevado a la nariz, debido a que el olor a sobaquillo era preponderante.
Llegaron finalmente a bosque cerrado, sobre las 10 de la noche. Prepararon la tienda de campaña, los sacos, la cena, y una estupenda hoguera alimentada por el calor del whisky y el ron tostado que tanto le gustaba a Verónica y a Tere, las hermanas que saltaron a la fama por incendiar su casa con 10 años. Verónica era pirómana reconocida y buscada por las autoridades. Al calor de la hoguera que Dragostea había preparado con tanto mimo, los efectos del whisky y el ron caliente empezaron a sentirse en el cuerpo de las jóvenes, cuyas edades no superaban los 15 años. Entre risas, vasos, música disco, y juegos infantilmente pervertidos dejaron que la noche tomara sus cuerpos, cubiertos bajo el amparo de una luna llena, brillante, una luna de plata que acabaría teñida de sangre.
Verónica se había quedado absorta incinerando una ramita, cuando Dragostea sintió un fuerte quemazón en su interior. Su sonrisa se apagó fulminantemente. De pronto se levantó y se adentró en el sotobosque con su mochila a cuestas. Entre chistes y la lujuria del alcohol Elena acarició el filo de su navaja, y un brillo maligno, reflejo de la hoguera chispeó en sus ojos. Tere lo vio, sintiéndolo en su alma, y un ardor íntimo la embriagó en deseo.
Dragostea apareció de entre las sombras, con la cara desencajada, pero con la mente en otro sitio fuera del bosque. La única frase coherente que pudieron oír las demás fue: "¡Chicas, me ha bajado la regla!" Entonces comenzó a bailar sobre la hoguera, aceptando una extraña bebida que un emigrante imaginario le ofrecía. Su mente volaba hacia las nubes de un lejano país, donde sus habitantes plantaban corazones. Comenzó a lanzar multitud de compresas usadas a modo de aviones kamikaces, que quedaron desparramadas por todo el lugar. Lo más duro fue cuando le tocó un millón de yenes, y pretendía que los árboles le despacharan pacharán.
Ajopringue se dio cuenta de lo que había sucedido. A Dragostea le había bajado la regla, y no se había puesto una compresa. ¡Se la había fumado! Entre las risas estruendosas y el absorto estado de Verónica quemando su ramita, Tere se dio cuenta de que el ardor íntimo que había sentido al ver los ojos de Elena no era otra cosa mas que a ella también le había bajado la regla. Muerta de vergüenza salió gritando adentrándose en el bosque, donde su grito se perdió en la noche, en los confines del país lejano donde se había quedado Dragostea gastando su millón de yenes. .
La ramita de Verónica acabó extinguiéndose en sus manos, y cuando despertó de su letargo observó una mancha roja a la altura de la cremallera de su pantalón. Gritó desesperada, pues había olvidado sus tampones en el penitenciario. Agarró una barra de pan y arrebatándole la navaja a Elena, quedándola por consiguiente sin su tanga, abrió de un tajo la barra y le sacó la miga. Antes de usarla se quedó de nuevo absorta mirando para la hoguera. Observó el pan que tenía entre sus manos y dirigiéndose a Elena le enseñó lo que tenía entre sus manos.
- Mira Elena, tiene Cabello de Ángel- dijo de forma mística.
- Pero qué dices, si sólo es miga de pan – respondió con desinterés.
- Ya, pero tiene pelos de Angel, el panadero.
Elena sintió que el estómago y la vida le daban vueltas. Intentó salir corriendo, pero tropezó con una roca (una migmatita, para ser más concretos), cayendo al suelo. A todo esto Verónica se había colocado
Verónica acercó la punta de su ramita al pecho desnudo de Ajopringue, para que observara el rojo incandescente del infierno. Pero el infierno estalló en aquel lugar, cuando se produjo una tremenda deflagración en el lugar donde las chicas habían acampado, la cual fue sentida en una población cercana, desde la cual alertaron a la policía y a los bomberos. Las emanaciones del cuerpo de Ajopringue en forma de metano habían provocado una tremenda explosión, que lanzó los cuerpos de las chicas a varios centenares de metros, provocando un incendio que pronto fue sofocado.
Al realizar las investigaciones pertinentes, la policía achacó el crimen a un depravado sexual, al encontrar multitud de compresas lanzadas por el bosque. La pista definitiva fue un bocadillo relleno con un tanga y un crucifijo, que milagrosamente se había salvado de la pira infame que sesgó la vida de 5 adolescentes.
El análisis de ADN reveló la identidad del supuesto asesino. Ángel el panadero fue acusado de 5 asesinatos y violaciones reiteradas. No volvió a ver la luz del día, mientras las 5 adolescentes gastaban su millón de yenes en un extraño país, tomando exóticas bebidas que preparaban extranjeros en las nubes de colores donde quedaron sus vidas.